Cómo es una expedición por dentro
Se camina, se suda y se duerme como hacía tiempo. Aquí te contamos cómo es, paso a paso, desde que decides apuntarte hasta unos meses después de volver.
Por qué lo hacemos así
«Enseño Qi Gong desde hace muchos años. He aprendido que el cuerpo y la mente cambian cuando alternamos el esfuerzo y el descanso: un día exigente y, después, tiempo para calmarse y respirar. Por eso las expediciones están construidas así. No necesitas ser deportista ni haber practicado antes. Solo te pido dos cosas: ganas de probar y hacer en serio las ocho semanas de preparación. Al llegar, la diferencia se nota.»
Del bosque a la cumbre
Al principio estás en el bosque y no se ve la cumbre. Cada paso te sube un poco más, hasta que arriba sale el sol. Pulsa en los pasos, en los números del camino o en las flechas.
- 01 · Elegir. Todavía estás en el bosque: desde aquí no se ve la cumbre. Llevas tiempo con ganas de algo distinto, pero no sabes muy bien qué. Respondes unas preguntas, hablamos un rato por teléfono y, cuando cuelgas, ya tienes una fecha y una montaña.
- 02 · Prepararte. Empiezas a caminar entre los árboles, sin ver aún adónde vas. Las semanas de antes cambian cosas pequeñas. Bajas una parada antes del autobús, subes por las escaleras, aprendes a respirar más despacio. Un día te sorprende lo poco que te cuesta una cuesta que antes evitabas.
- 03 · Llegar. Sales del bosque y ves la montaña por primera vez. Llegas con la maleta y un poco de nervios. Nadie tiene prisa. Por la mañana, con el aire todavía frío, haces tu primera práctica de Qi Gong con un grupo al que aún no conoces.
- 04 · Los días de reto. Cada día subes un tramo y la vista se abre un poco más. Cada mañana el camino pide un poco más. Notas el cansancio en las piernas y, aun así, quieres ver qué hay detrás de la siguiente curva. Por la tarde descansas, y te sorprendes contando el día a gente que hace tres días no conocías.
- 05 · La cumbre. Arriba, el sol. El último tramo se hace despacio y casi sin hablar. Arriba te sientas, recuperas el aliento y miras hacia abajo: el bosque del primer día se ve pequeño desde aquí.
- 06 · El cierre. Desde arriba se ve todo el camino, también el bosque del principio. El último día nos sentamos a contar el viaje. Escribes una carta para ti, sin prisa, y apuntas dos o tres cosas que no quieres perder al volver.
- 07 · De vuelta. Bajas a casa sabiendo por dónde se sube. Deshaces la maleta y la rutina vuelve, pero el cuerpo se acuerda. A la semana te escribimos para saber qué tal, y al mes y a los tres meses volvemos a vernos.
Llevas tiempo con ganas de algo distinto, pero no sabes muy bien qué. Respondes unas preguntas, hablamos un rato por teléfono y, cuando cuelgas, ya tienes una fecha y una montaña.
Pulsa cualquier paso y el camino te lleva hasta él.
Un test corto en la web y, si quieres, una llamada de veinte minutos para elegir expedición y nivel.
Un plan de ocho semanas para caminar, subir escaleras y respirar mejor, con sesiones de Qi Gong. Te pedimos que escribas qué quieres traerte del viaje.
Un primer día tranquilo: instalarse, un paseo corto, la primera práctica de Qi Gong y cómo vamos a funcionar como grupo.
Un reto al día, de menos a más y con dos niveles, alternado con práctica, ratos con gente del lugar y tardes libres.
El reto más exigente del viaje, con su alternativa para quien prefiera no subir.
Repasamos el viaje, cada uno se escribe una carta y se lleva dos o tres compromisos concretos.
Te escribimos a la semana y nos vemos al mes y a los tres meses. Te llevas un plan de práctica para casa.
Cada día, un poco más
El primer día solo caminas para ver a qué paso vas. Al final estás subiendo una cumbre que aquel día te parecía lejísimos. Entre medias, cada reto pide algo más que el anterior, y cada mañana eliges si lo haces en su versión A o en la B, según cómo te levantes. Cuando la diferencia es pequeña, hay uno solo y te decimos para quién está pensado. Aquí no se compite con nadie.
Un paseo el primer día para ver a qué paso vas.
Un rato quieto y en silencio, con la postura del árbol o meditando.
La primera cuesta de verdad, cada uno a su paso.
Unas horas a solas en la naturaleza, con el grupo cerca.
La jornada más larga de caminata. La avisamos con tiempo y paramos a beber y comer cada media hora o cada hora.
El reto final de cada destino: el Torcal, el Mulhacén, el M'Goun o el Jebel Lakraa.
Un día cualquiera
Te despierta la luz, o alguien que se levanta antes que tú. A las siete menos cuarto estamos fuera haciendo Qi Gong, treinta o cuarenta minutos, con el aire frío en la cara y el cuerpo todavía dormido. Desayunamos y a las ocho y media salimos a caminar. Los primeros minutos van en silencio, y es curioso todo lo que se oye. Comemos juntos y la tarde es tuya: siesta, termas, un hammam o nada. A las siete nos juntamos veinte minutos a contar el día, y después de cenar, desde las diez, guarda silencio quien quiera.
Qi Gong desde cero
Son movimientos suaves y respiración, para despertar el cuerpo antes de caminar y recuperarlo después. No hace falta haberlo practicado nunca.
Con la gente del lugar
En cada destino pasamos tiempo con quien vive allí: la castaña con los vecinos del Genal, una mañana en un monasterio budista de la Alpujarra o los maestros de Qi Gong en Yunnan.
Los días de caminata larga o de cumbre se avisan antes, nunca van dos seguidos y paramos a menudo a beber y comer.
Y cuando vuelves
Antes de salir te pedimos que anotes cómo duermes y cuánta energía tienes. Durante el viaje lo vamos apuntando, junto con el pulso en reposo, y a los tres meses te lo volvemos a preguntar. Así ves con números lo que ya notas. Y no te dejamos solo al volver: a la semana te escribimos, y al mes y a los tres meses tenemos una sesión juntos.
Esto va de bienestar, no de tratamiento. Si estás en tratamiento médico o psicológico, coméntalo antes con tu médico.